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28/11/2007Both sides now![]() Rows and floes of angel hair But now they only block the sun But now it's just another show I've looked at life from both sides now I've looked at life from both sides now 06/05/2007What if I like pretty things?Advertencia: este post está destinado a fans de Rufus Wainwright. Absténganse los que no lo sean, porque no lo van a entender -ni hace falta que lo hagan-. Siguiendo la estela de Sonia y Silvia, sólo falto yo para contestar a la pregunta de moda: ¿cómo entró en mi vida Rufus Wainwright? ![]() Como muchos, pertenezco a esa generación de fans de Rufus que tuvo tiempo para sufrir porque llegara a este país quasi-olvidado por la buena música. Como muchos, yo también caí en la B.S.O. de Moulin Rouge, pero al llegar la pista número 13, Complainte de la Butte, se me detuvo el mundo. Era esa voz, una voz que no parecía salir del cd sino de mis entrañas, como cuando en los conciertos sientes un waffle alojado entre el esófago y el estómago de lo alta que está la música. De francés, ni papa, pero parecía la canción más romántica que había oído en mi vida, como una serenata de balcón en una calle olvidada de París. No pude quedarme en rayar la canción, necesitaba esa voz. La quería toda para mí. Así que la busqué en otros lugares. Apunté letra a letra ese nombre entonces extraño -aunque el perro de porcelana que solíamos tener a la entrada de mi casa se llamaba Rufus- y me encontré con un cantante destinado a ser un icono. Fue Rufus mi primer salto al mundo del descubrimiento-musical-vía-Internet; sus hasta entonces dos discos fueron los primeros que inauguraron el apartado álbumes de mi Kazaa (aún no había descubierto el eMule). El primero de esos discos, homónimo y publicado en 1998, se me antojó como el de un crooner de cabaret al viejo estilo americano, un disco que crece y muta desde el silencio musical de Barcelona (que, por razones lógicas, se ha convertido en todo un himno) hasta el optimismo casi infantil del niño que canta a la belleza de su madre en Beauty Mark. Amores imaginarios, inconscientes, hasta moribundos... Todos con esa voz que susurraba palabras que yo había escrito en alguna ocasión, que hablaba de la vida desde el prisma desde el que yo la miraba desde hacía mucho tiempo. El segundo disco, Poses, me mostraba un Rufus irónico, punzante, divertido y amargo a la vez, con un sonido totalmente distinto, un viaje de ida y vuelta de Grecia a Nueva York con saltos temporales a épocas de príncipes y consortes. Fue entonces cuando sustituí el insoportable sonido de error de Windows por los primeros acordes de Cigarrettes and Chocolate Milk (muy recomendable para aquéllos cuyo ordenador tienda a bloquearse y quieran permanecer de buen humor). Por si fuera poco, Rufus comenzó a convertirse en un ávido colaborador en las bandas sonoras de varios films, algunos como Zoolander o Yo soy Sam, de la cual salió uno de los vídeos -y las versiones- más soberbios de mi lista particular. Ya estaba dentro, ya me había metido de lleno en la galaxia Rufus. Entonces llegó la noticia: Rufus sacaba nuevo disco. Realmente no sólo un disco, sino un díptico de nombre Want (sólo con ese nombre ya sabía que estaba abocado a encantarme) que saldría al mercado en dos tandas con un año de diferencia. Wow. Muchos nervios, mucha expectación, pero ni remotamente podría haber imaginado lo que encontré. Veinte días después de mi primer -y único- cumpleaños en Italia, el 23 de septiembre de 2003, salió a la venta Want One. Lógicamente yo no tenía un fácil acceso al cd material -cosa que se solucionó un año después gracias a que mi querida Sonique pudo traerme sus cd's de Londres-, así que opté por lo de siempre, Internet, no sin antes deleitarme con la imagen del caballero andante al estilo Edward Burne Jones que adornaba la portada. Want One comenzaba susurrando las notas del Bolero de Ravel en Oh what a world transportándote, in crescendo, al comienzo más apoteósico jamás imaginado para un disco. Pero no fue ahí donde ocurrió la epifanía. Había oído ya dos canciones impresionantes cuando, con la tercera pista, comencé a escuchar los acordes más hermosos que he escuchado en mi vida. No eran acordes de guitarra, eran casi como campanillas, un xilófono o algo por el estilo. Es ridículo, pero juro que sentí flotar. Esa canción me estaba hablando, se estaba metiendo dentro de mí para quedarse. El sonido era tan irreal, tan diferente, que parecía que venía de otro mundo, de un mundo vicioso, porque así es como se llamaba -y se llama- la canción, Vicious World. Desde entonces, tengo en ella mi remedio para los ataques de nervios, los trabajos que hay que realizar a prisa y la ansiedad. Una cadencia de diazepam y tila capaz de despejar mi mente, un ctlr+alt+supr hecho de música. Pero no sólo encontré en Want One el antídoto contra los nervios y bloqueos varios. Parezco parte de una teletienda cuando afirmo que, Go or go ahead, la sexta canción de ese disco, curó el imsomnio que arrastraba desde hacía años. Era -y es- mi nana de buenas noches, la canción que posee la letra más impresionante que Rufus ha escrito hasta ahora y cuyas líneas están grabadas a fuego por todos los rincones de mi cerebro. No importa que la escribiera mientras intentaba recuperarse, solo, de su adicción al cristal -la droga de diseño-, cosa por la que yo, lógica y afortunadamente, no he pasado. Suscribo cada uno de esos versos que ascienden desde el lamento al grito más desgarrador, en una demostración implacable del instrumento vocal que Rufus posee. ![]() El resto del disco no era para menos; 14th Street, Natasha, Harvester of Hearts... Auténticas joyas en un solo cd, gracias en gran parte a ese gigante superdotado de las mezclas que responde al nombre de Marius DeVries. Ya no hacía falta buscar más. Durante mucho tiempo dejé de escuchar a otros, porque Rufus se bastaba y se sobraba solo en mi reproductor. Había encontrado a mi media naranja musical. Want One es y será siempre el disco, la banda sonora de mi vida, como manda el tópico. Es inimitable, inigualable, inalcanzable. En noviembre de 2004 llegó Want Two, en cuyo libreto Rufus se transformaba en una Ophelia de Millais entre espigas y husos de bella durmiente. El disco en el que Rufus proclamaba la llegada del Gay Messiah -quedándose para sí mismo el puesto de Rufus the Baptist- o, en colaboración con Antony, nos contaba durante ocho minutos cómo una Old Whore's Diet es su remedio para el día a día. Ambos discos se complementan a la perfección: de la imaginación de cuento y los sonidos casi místicos del primero, plantamos los pies en el suelo para pasar al segundo, más apegado a un mundo real aunque magullado. Todo como excusa para tratar una premisa común: el deseo como motor de la vida en todos sus aspectos. Un año después llegó el momento más ansiado de todos: el concierto. La expresión 'quedarse sin palabras' se inventó para ocasiones como ésta, porque realmente no las hay. Cualquier sensación vivida ese día se escapa de los límites del vocabulario. Y resultaría ridículo justificarse en una ocasión así, pero a veces las afinidades, la empatía, no se encuentra sólo en la gente que nos rodea, en nuestros amigos, en nuestros familiares. Se puede ir más allá habiendo compartido sólo una sala durante una hora y media y tres segundos ante una cámara de fotos. ![]() Y así nos ponemos en el final del camino hasta ahora, en el hecho que ha traído la pregunta sobre la que versa todo este aburrido torrente de ideas. Rufus vuelve con su quinto disco hasta la fecha, de nombre Release the Stars -todo un homenaje al Hollywood clásico, como queda demostrado en la canción homónima-, que sale a la venta el 15 de mayo pero que ya podemos disfrutar enterito gracias a la red de redes. Uno de los fundamentos de la industria de la música es la evolución del cantante/grupo, la no-repetición, convertir la sorpresa en elemento de fidelización (eso que tan bien se le da a Madonna, por ejemplo). Sólo unos pocos consiguen variar de estilo musical logrando mantener a los fans de siempre o incluso captando a más. Pero Rufus va más allá: es capaz de seguir siendo fiel a su música, a sus influencias, a su sonido tan propio y característico, sin repetirse, metamorfoseándose como un artista de sonidos dispares que nunca chocan entre sí, sino que se integran en una música que supera la barrera de lo sensorial. Con esto vengo a decir que, con Release the Stars, Rufus se ha subido al Altar de Pérgamo con el que ilustra su portada para reinventarse a sí mismo por enésima vez, sorprendiéndonos a todos con músicas que recuerdan a la etapa más hippie de The Beatles y unos arreglos de lo más setentero, sin olvidar el sonido recóndito de ese piano que suena mejor que nunca en Leaving for Paris o la ira vestida de luto del single, Going to a town. Sólo ha pasado una semana desde que escuché el disco por primera vez, pero ya se ha alojado en primera fila, haciendo compañía a la tristeza y decorando con la mejor banda sonora el recuerdo de mis últimos días en Barcelona. Porque la música de Rufus no es sólo música. No entra sólo por los oídos. Se cuela por los poros, fluye. Se escurre por el rabillo del ojo, la hueles, la sientes en la boca, la saboreas, entra a través de tus pulmones, se hunde en la boca del estómago, se aposenta en la yema de tus dedos. Escuchas, ves, respiras, sientes a través de ella. Se hospeda en tus glóbulos rojos, en tus células, en cada una de tus neuronas, hasta ser una porción de la mejor parte de ti. Y deja de ser sólo música para convertirse en todo un acontecimiento. 21/04/2007De mentirijillas, mentiras piadosas y corrección política¿Cuántas veces habremos oído la frase ‘para que te quieran los demás tienes que empezar queriéndote a ti misma’? Muchos, cuando la dicen, realmente intentan convencerte de algo. Realmente te miran con los ojos convencidos esperando que lo creas y que, al día siguiente, cuando los veas, no pares de contarles todas las virtudes que has descubierto mirándote al espejo al levantarte de la cama. Otros la sueltan por intentar animarte, así como quien da una palmadita en la espalda, sin darle mayor importancia que la que tiene una frase hecha y más que relamida. El tercer tipo de mentirosillo sería el modelo happy-happy, aquel que cree que no hay nadie feo en el mundo porque es un sitio maravilloso y sólo hay gente que no acaba de aceptarse tal como es, o lo que es lo mismo, estupendísimamente maravillosa (a este tercer tipo es al que algún día obsequiaré con una camiseta con el siguiente mensaje: Aviso para optimistas: el creador de la abeja Maya se suicidó). Realmente la belleza nunca ha pasado de moda y no descubriré América si afirmo que no es, en absoluto, un hecho objetivo. Todo está en el ojo del que mira, eso ya lo sabemos todos. Pero el problema es que alguien ha dado la llave –o más bien el mando- a los denominados happy-happy para hacerse con la televisión actual como recurso para mostrarnos que, si no somos bellos, es porque no queremos –ya sea serlo o vernos como tal-. Con la premisa de serlo llegó a la parrilla televisiva esa aberración que lleva por nombre Cambio radical y que pretende, mediante el artificio menos sutil, hacer creer a unas –y, por ahora, uno- pobres desgraciadas que el motivo de su infelicidad está nada más y nada menos que en su físico y que, con el simple toque de una varita mágica –o más bien, un bisturí- todo va a desaparecer detrás de una nueva nariz o una nueva delantera. No vamos a ser tan tontos como para negar que la cirugía estética quita complejos, por supuesto que sí. Pero… ¿es acaso la cirugía estética la panacea del siglo? Porque quizá no es sólo un buen aspecto –en muy pocos de los casos- lo que logramos gracias a ella. Viendo Cambio radical hasta el más duro de mollera se cree que, con unos litros menos de grasa y una dentadura nueva, seremos felices y comeremos perdices. Se acabarán los días de vernos como fracasados, no tendremos problemas con nuestra pareja, nuestra situación laboral será inmejorable y todos nuestros sueños se harán realidad, sobre todo si son tan simples como llevar a nuestro sobrino a Eurodisney.
Con la premisa de vernos como tal –bellos-, hoy se ha estrenado en Cuatro el programa Desnudas, basado en el formato inglés How to look good naked, en el que el diseñador Juanjo Oliva pretende devolver la seguridad a mujeres reales (como les encanta decir) enseñándoles a sacarse partido sin cirugía ni dieta. Dicho así parece un rayito de esperanza… pero no nos engañemos, porque aquí la esquizofrenia es de traca. a) ¿Cómo dar cabida a un programa como Desnudas siendo la cadena que emite Supermodelo? Claro que podrían tomarse ambos programas como hechos aislados, pero creo recordar que concursantes de Supermodelo eran, en muchas ocasiones, consideradas gordas no sólo por ellas mismas sino por sus compañeras, el profesorado y cualquier bicho viviente que comentara el programa. Así que ése no es un buen punto de partida para emitir un programa como Desnudas que apuesta por esa belleza que quieren hacernos creer que consideran real por no decir del montón -o del fondo del montón-. b) Se supone que estamos ante mujeres bellas, de nuevo reales –pronúnciese con el tonito inclusive-, discriminadas por unos cánones de belleza ilusorios e injustos. Proclamamos a estas mujeres normales –en un uso atípico de esta palabra como algo ventajoso- pero, a la par, utilizamos de sintonía un –gran- tema que reza Big girls you are beautiful. Veamos… Pongámonos de acuerdo. ¿Son reales o son grandes? ¿Las consideramos bellas o sólo queremos hacer de ellas un discurso en pro de lo políticamente correcto?
c) El uso de la denominación belleza real denota una falta de sinceridad, como poco, irrisoria. En el caso de hoy en Desnudas teníamos a Conchi, una mujer de 34 años, madre de dos hijos, separada y con pareja. Empezamos por decir a Conchi que no es tan fea ni gorda como ella cree, que realmente es estupenda y, por la calle, todo el mundo le da un 8 a su físico y sus curvas les parecen sexys y maravillosas a chavales acompañados de muchachas esqueléticas (¿¡!?). Convencemos a Conchi de que su físico no tiene ningún problema grave, pero acto seguido la enviamos a una especialista en corsetería que la forra de arriba abajo con un sujetador, una faja –llamada ballena o algo por el estilo… increíble- y unas medias que esconden todo aquello que Conchi debe tapar. Eso incluye la barriga, las cartucheras –señaladas cual golpe de timbal con un sopapo en las susodichas por parte de la corsetera- y las rodillas de Conchi. Y uno se pregunta… ¿pero no era Conchi estupenda? ¿Pero no le daban un 8 por la calle? ¿Entonces por qué tiene que taparse? Por supuesto que nunca vienen mal unos consejitos sobre las cosas que nos favorecen, pero si en cada programa van a repetir que hay que llevar faldas evasé para disimular las caderas… No apostamos por la belleza real, apostamos por la belleza escondida: para ir bellas y ceñidas ya están las modelos y todas aquellas –cada vez más- que se enfundan una 34 -denominada por estos lares mongianos como talla brazo, por la estrechez de las piernas, o talla cabeza, por la estrechez de cintura-. El resto: ¡a taparse se ha dicho! Que nadie note que, bajo la falda a kilómetros de la línea de nuestras caderas, nuestro trasero no es una prolongación de nuestra espalda, no vaya a ser que, a estas alturas, se vaya a descubrir que existen los culos y que entre los muslos de una mujer no hay espacio para aparcar bicicletas.
10/03/2007Un nuevo muso para el OlimpoSe llama Mika y no es finlandés. Nació en Beirut en 1983 (típico caso que te demuestra que con tu edad existe gente no abocada al fracaso) y viene a ser una fecundación in vitro con unos padres tan magníficos como Queen, Scissor Sisters, los mejores falsetes de The Darkness y un toque de la clase inimitable de mi Rufus Wainwright. Está dando que hablar con Grace Kelly, una de esas canciones nacidas con las propiedades curativas que posibilitan un cambio positivo del estado de ánimo. Vamos, que ni Redoxon ni Apiserum. Mika en comprimidos, una dosis cada tres minutos que dura la canción. Me va a costar mucho despegarme ese estribillo... Why don't you like me? Why don't you walk out the door! 22/01/2007Damien RiceA veces las voces abrazan. A veces te acunan; otras te hipnotizan. Incluso duelen. Algunas calientan el frío como lo hace el sol en invierno. Si las caricias tuvieran un sonido, serían una canción de Damien Rice. Animals were gone Woke up and for the first time the animals were gone It's left this house empty now, not sure if I belong Yesterday you asked me to write you a pleasant song I'll do my best now, but you've been gone for so long The window's open now and the winter settles in We'll call it Christmas when the adverts begin I love your depression and I love your double chin I love 'most everything that you bring to this offering Oh I know that I left you in places of despair Oh I know that I love you, so please throw down your hair At night I trip without you, and hope I don't wake up 'Cause waking up without you is like drinking from an empty cup Woke up and for the first time the animals were gone Our clocks are ticking now so before our time is gone We could get a house and some boxes on the lawn We could make babies and accidental songs I know I've been a liar and I know I've been a fool I hope we didn't break yet, but I'm glad we broke the rules My cave is deep now, yet your light is shining through I cover my eyes, still all I see is you Oh I know that I left you in places of despair Oh I know that I love you, so please throw down your hair At night I trip without you, and hope that I don't wake up 'Cause waking up without you is like drinking from an empty cup |
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